He cometido muchos, muchísimos errores en mi vida como fotógrafo. En realidad sigo cometiendo, pero por lo menos no suelo repetir los mismos. Imagino que por aquello de que de los errores se aprende… Para que, dentro de lo posible, no repitas errores que ya he cometido yo, hoy quiero compartir los que considero que han sido mis mayores equivocaciones al hacer fotografía de paisaje.
1. No medir correctamente la luz
En mi filosofía fotográfica tengo muy interiorizada la idea de que la foto debe salir lo mejor posible de cámara. Técnicamente quiero obtener el mejor archivo raw posible para luego poder procesarlo adecuadamente en Lightroom Classic.
Eso me lleva a utilizar la medición por zonas y sobreexponer sin sobrepasar el límite de sobreexposición de mi cámara, tal y como os enseño a todos quienes hacéis el curso de nivel intermedio.
Digo que eso es lo que me gusta… problema, a veces me equivoco y me paso de frenada, con lo que me vuelvo a casa con fotos con zonas quemadas que jamás podré recuperar.
Por suerte, como digo, aprendo de los errores, así que ya tengo interiorizado el aprendizaje y, lo que hago ahora prácticamente siempre es hacer esa foto con la medición precisa y apurando, pero luego, repetir la misma foto un poco subexpuesta (sobre esa que he llevado al límite, no necesariamente oscura), con algo menos de luz. Así me voy a casa más tranquilo sabiendo que tengo el archivo teóricamente bueno y uno de recambio por si me me colé en la medición.
2. No llegar con tiempo suficiente ni quedarme hasta más tarde
Al principio, sencillamente miraba a qué hora salía el sol y a qué hora se ponía. Si salía a las siete de la mañana, simplemente calculaba que a las siete tenía que estar en el lugar oportuno, quizás cinco minutos antes…
La de luces espectaculares que me perdí por apurar tanto y no llegar un poco antes o marcharme un poco más tarde.
Ahora, cuando organizo salidas para el Club, suelo apurar un poco los tiempos, por aquello de no haceros perder toda la tarde esperando a que baje el sol u obligaros a pegar el madrugón para pasar una hora esperando a que amanezca.
Pero apurar el tiempo en este caso significa llegar un mínimo de media hora antes del amanecer o atardecer y quedarnos por lo menos media hora más después de que amanezca o se ponga el sol.
Si voy por mi cuenta y dispongo de tiempo, llego incluso con una hora de margen.
De esta forma conseguimos tres cosas,
- Primero, llegar a tiempo si surge algún imprevisto durante el camino.
- Segundo, ver la evolución de la luz durante el amanecer/atardecer y la hora azul. Así podemos decidir qué luz nos gusta más para ese paisaje.
- Tercero, disponemos de tiempo para “calentar” con algunas fotos previas y para buscar el lugar más adecuado y adelantarnos a la luz perfecta.
3. No darme la vuelta durante la puesta de sol o amanecer
Esto es algo que no me cansaré de repetir. En muchos talleres del Club Mallorca Fotográfica vamos a fotografiar durante el amanecer o el atardecer, y muchas de las personas asistentes tienden a apuntar todo el rato hacia el sol.
Eso no está mal, el problema es que si todo el tiempo miramos el paisaje hacia ahí donde está saliendo o poniéndose el sol, se nos olvida pensar que detrás pueden estar sucediendo cosas mágicas y ni nos enteraremos.
Siempre me doy la vuelta mientras fotografío la puesta de sol. Eso me ha ayudado a descubrir rayos anticrepusculares mágicos, arcoíris inesperados, nubes de lluvia al fondo del paisaje… unas maravillas que me hubiese perdido si me hubiese quedado embobado mirando el sol.
Catalina Ginard todavía me recuerda el arco iris sorpresa, en un atardecer prácticamente sin nubes, que apareció a nuestras espaldas.
4. No programar la salida o no hacerlo correctamente
Al principio veía fotografías fabulosas realizadas por otras personas y quería conseguir resultados parecidos. Buscaba alguna ubicación interesante y como decía antes, miraba por ejemplo a qué hora se ponía el sol.
Llegaba a la ubicación y… para nada me encontraba con lo que me había imaginado en mi mente.
Estaba nublado, el sol no estaba donde yo había imaginado que estaría, la luna no llegaba a salir o se equivocaba (según mi criterio, por supuesto) de lugar por donde salir…
Con el tiempo aprendí que no es suficiente buscar un lugar bonito y plantarte ahí en la que parece que es la mejor hora. Hay muchas más cosas que planificar.
5. Programar en exceso las salidas
Y al darme cuenta de que había tanto por planificar, me centré en ello. Empezaba lógicamente por pensar un lugar al que ir a hacer fotos. Después miraba la dirección exacta por la que se ponía el sol o por el que iba a salir… algo que varía a lo largo del año.
Pero además, pretendía que hubiese la cantidad de nubes que quería, el viento adecuado y hasta en alguna ocasión me dediqué a querer una humedad relativa determinada…
El resultado de todo esto fue alguna buena foto. Tampoco diría que sean las fotos de las que me siento más satisfecho…
Sin embargo me di cuenta de dos cosas, para mi fundamentales:
- Muchos días anulaba o posponía la salida porque las condiciones no tenían pinta de ser las adecuadas… como resultado hacía menos fotos y por lo tanto disfrutaba menos la fotografía.
- Lo tenía todo tan programado que dejé de disfrutar. Cuando no conseguía la foto, me volvía a casa decepcionado, pero es que si la conseguía, tan sólo conseguía lo esperado, así que no quedaba lugar para la magia.
Estas conclusiones me llevaron a que hoy por hoy, cuando salgo por mi cuenta, sin que se trate de ninguna clase, tan sólo miro la hora de salida y puesta de sol, nada más.
Todo lo demás se lo dejo a lo que me emociona en cada paisaje, a la improvisación y la magia de cada momento.
Únicamente planifico las salidas para clases y si busco algún resultado muy concreto, como por ejemplo la luna saliendo tras un faro o cosas similares, pero en realidad son fotos que hoy en día hago más bien poco.
6. Interiorizar que sólo merece la pena hacer fotos en hora dorada/azul
Uf, ese si fue un gran error. Nos repiten y repetimos tantas veces que la mejor hora para hacer fotos es al amanecer y al atardecer, que parece que el resto del día la luz es tan horripilante, que tenemos que meternos en una cueva para ni tan siquiera ver la luz del día.
Sí, no voy a negar que el amanecer y el atardecer son una maravilla (a veces) para fotografía de paisaje. Pero también es verdad que la luz durante el resto del día puede ser muy interesante en determinadas circunstancias.
Me chiflan los días de otoño e invierno para hacer fotos durante el día. El mal tiempo y los días más cortos hacen su magia y nos aportan luces tamizadas por las nubes o incluso momentos maravillosos en los que la luz del sol atraviesa un claro entre las nubes.
Con los días soleados y un filtro polarizador, también nos encontramos situaciones maravillosas, especialmente en la costa o aprovechando el agua en algún torrente.
No dejes de salir a hacer fotos sólo porque te sea imposible hacer las fotos al amanecer o al atardecer.
7. No haber hecho fotos con encuadres alternativos
Normalmente tendemos a ver la escena, decidir un encuadre y hacer la foto. Eso no está mal, nos centramos en lo que nos atrae. Al fin y al cabo no podemos fotografiarlo todo (ese también es otro aprendizaje).
A lo que me refiero cuando hablo de este error es a hacer una buena foto y automáticamente mi cabeza decidir que ya está, que esa foto ya la tengo.
Y si tengo una buena foto, ¿dónde está el problema?
El problema surge cuando esa foto queremos por ejemplo, imprimirla para enmarcarla o queremos compartirla en un blog o en redes sociales. En algunas ocasiones eso nos marca un formato determinado.
Imagina por ejemplo que he hecho una foto vertical y me encantaría imprimírmela para poner como cabecera de la cama. Encima de la cama podría quedar bien con una anchura de 120-150cm, pero si la foto es vertical, eso supone que la altura sean 180cm o más de dos metros… imposible encajarlo encima de la cama.
Entonces con el tiempo (y a las malas) he aprendido que cuando tengo delante una escena que me gusta, primero hago el encuadre que me parece el idóneo, el que me nace de dentro. Pero posteriormente, una vez asegurada la foto, repito la “misma” foto, con encuadres ligeramente más abiertos o cerrados, otros que me permitan un recorte cuadrado y otros que me lo permitan panorámico. A veces incluso hago la foto en vertical y horizontal.
No es un error muy grave, pero sí que fastidia no poder colgar en casa una foto que te gusta simplemente porque no encaja el formato con el lugar.
Eso, además me ha ocurrido en alguna ocasión en la que tenía a alguna persona decidida a comprarme alguna foto, pero que finalmente no le encaja por las medidas y pierdo, yo la venta y la otra persona la oportunidad de disfrutar de mi foto en su casa u oficina.
8. Anular o posponer salidas por la previsión del tiempo
Lo he comentado antes al hablar de programar en exceso las salidas.
Durante la época en la que planificaba al dedillo cada salida, fue una consecuencia “natural” de ese exceso de planificación. Si no todo puede salir según lo planificado, se pospone la salida hasta que se vuelvan a alinear todos los astros…
Al final planificaba mucho y hacía muy pocas fotos.
Pero incluso sin llegar a tales extremos de planificación, cuando pretendes levantarte a las cuatro y media de la mañana para cruzar la isla y fotografiar el amanecer, pero miras la previsión y dan lluvia o nubes… Es difícil que si quieres un paisaje con la luz dorada del amanecer, sigas con los planes de pegarte el madrugón, sabiendo que muy probablemente esté el cielo cubierto y ni veas salir el sol.
Aquí la solución ha sido no mirar la previsión el día antes. Sí, muchos días salgo y no veo salir el sol, incluso acabo mojado. Sin embargo, he aprendido que los días buenos de “mal tiempo” son mil millones de veces mejores que los días buenos de buen tiempo.
Ese día de lluvia o nublado, en el que de repente se abre un claro entre las nubes y se cuela la luz del amanecer, es espectacular e irrepetible. Merece la pena salir sin revisar la previsión del tiempo.
Esto se multiplica por diez en el caso de que visites países en los que habitualmente hace “mal tiempo”. Será difícil que se de la previsión que esperas, sin embargo, en estos lugares el tiempo a veces es muy cambiante. Eso hace que si bien la previsión es de cielos cubiertos durante todo el día, durante unos minutos se abre el cielo y surge la magia. De nuevo, merecerá la pena.
9. Haber tenido pereza de levantarme para el amanecer
Además de los días en los que vemos que la previsión del tiempo pinta mal para el amanecer al día siguiente, hay días en los que por muy bien que pinte… nos da pereza.
Desde que dejé la adolescencia atrás (hace dos días jejeje) nunca me ha costado mucho madrugar, y menos si es para salir a la naturaleza.
Sin embargo hay días y días. Algunos porque vamos más cansados, otros porque fuera hace frío y en la cama se está tan calentito… Y por muy madrugadores que seamos, algunos días cuesta más que otros levantarse.
Además, no es lo mismo “madrugar” para fotografiar el amanecer en invierno cuando el sol sale a las 8, que hacerlo en verano para cruzar la isla con una hora de coche, cuando el sol sale a las seis de la mañana…
La solución en mi caso ha pasado por dos puntos clave. El primero, dejarlo todo preparadísimo la noche antes, a fin que sea levantarme de la cama, tomarme un café rápido y salir. El segundo punto clave pasa por quedar con otras personas para hacer la salida, así, en mi caso, el compromiso gana siempre a la pereza y no me quedo en la cama.
10. Lo del material da para un capítulo a parte…
No haber usado trípode por pereza pensando que con los ajustes que tenía en cámara, igualmente me quedaría nítida la foto.
Tapas de objetivos volando por un acantilado, tarjetas de memoria en casa, baterías que se quedan en el cargador, cargando, en casa…
Trípodes que están estables hasta que te das la vuelta y deciden que no habías apretado bien la rosca de una de las extensiones y se pliega una de las patas…
Filtros suicidas, mochilas abiertas, hasta cámaras voladoras…
En fin, como digo, los errores o despistes con el material dan para otra historieta.
Extra. Que el único objetivo fuese conseguir la foto
Aunque lo ponga como extra, creo que es uno de los errores más serios que he cometido y que por suerte tengo superados.
En mi obsesión por las fotos, llegué al punto en el que todo giraba en torno a conseguir la foto.
Por ejemplo, quería una foto en Es Caló de Betlem, al atardecer… hasta ahí todo bien. Me iba a Betlem a la hora adecuada, dejaba el coche y me ponía a andar hacia es Caló casi como si estuviese atravesando el aeropuerto buscando la puerta de embarque.
Llegaba a Es Caló, hacía la foto (o las fotos) y volvía hasta el coche. Si además no lograba encontrar el lugar adecuado para hacer la foto o no veía nada que me inspirara, me agobiaba.
Menuda forma de disfrutar la fotografía…
Hubo un día, en uno de esos amaneceres de verano en la zona de Artà, en el que tras un madrugón importante, nada me inspiraba, estaba demasiado cansado para eso. Decidí dejar la cámara en la mochila y sentarme en la arena de una playa virgen, simplemente a disfrutar de las vistas. Me quedé dormido. Al despertarme aluciné. Un grupo de caballos salvajes (o semisalvajes) se habían acercado a la playa y estaban remojándose en el mar. ¡Espectacular! Hice algunas fotos, por supuesto, pero no fue lo mejor que me llevé a casa ese día.
Lo más importante fue aprender que no se trata de la foto, sino de lo vivido, lo que hemos visto y sentido en cada momento.
El camino desde Betlem a Es Caló es un entorno maravilloso. Ahora cuando voy, hago fotos, pero no es un mero trayecto que se interpone entre el coche y el destino fotográfico. Es un motivo de disfrute y, muchas veces incluso, termina convirtiéndose en el objetivo fotográfico que no me deja llegar al destino final que tenía en un principio.
En muchas ocasiones incluso me veo volviendo a casa con un pequeño puñado de fotos hechas entre momentos de contemplación… quizás me esté haciendo mayor…


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